La ópera, considerada una de las expresiones artísticas más antiguas de Europa, mantiene una presencia activa en la agenda cultural actual gracias a los festivales que se celebran cada año en distintos países. Lejos de quedar relegada a un público reducido, esta forma artística sigue convocando a miles de personas que encuentran en ella una experiencia que combina música, interpretación y producción escénica. La permanencia de estos eventos responde a una adaptación progresiva a los nuevos tiempos sin perder su base histórica.
En España, el festival de ópera de Las Palmas es uno de los ejemplos más claros de esta continuidad. Con más de medio siglo de trayectoria, este encuentro anual ha logrado sostener una programación estable, con artistas internacionales y una respuesta constante del público. Su importancia no se limita al ámbito musical, sino que también impacta en la vida cultural de la ciudad y en su proyección como destino vinculado a las artes escénicas.
Uno de los factores que explica la vigencia es la experiencia en vivo. A diferencia de otros consumos culturales más inmediatos, esta propone una pausa y una atención sostenida. El público asiste no solo a escuchar una obra, sino a formar parte de un acontecimiento colectivo. La acústica, la puesta en escena y el trabajo de los intérpretes generan un entorno que difícilmente puede ser reemplazado por formatos digitales.
Otro aspecto clave es la diversidad de públicos que hoy se acercan a estos espectáculos. Si bien durante décadas se los asoció a sectores específicos, en la actualidad muchas programaciones incluyen actividades paralelas, funciones didácticas y propuestas pensadas para nuevos espectadores. Esta apertura permite que personas sin formación previa puedan acceder al género de manera gradual.
La actualización de las producciones también juega un rol importante. Muchos incorporan lecturas contemporáneas de obras clásicas, sin modificar su música original, pero adaptando escenografías y enfoques narrativos. Esto genera debates y atrae a un público interesado en ver cómo los temas tradicionales dialogan con problemáticas actuales.
España cuenta con una red de festivales que refuerzan esta presencia sostenida. El Festival Internacional de Ópera de A Coruña es uno de los más antiguos del país y mantiene una programación reconocida por su calidad artística. En Madrid, el Teatro Real desarrolla temporadas y ciclos que funcionan como un punto de referencia a nivel nacional e internacional. Barcelona, a través del Gran Teatre del Liceu, combina tradición y renovación con una agenda que incluye grandes títulos y nuevas producciones.
Otros encuentros relevantes son el Festival Castell de Peralada, que integra ópera con otras disciplinas artísticas, y las temporadas líricas de ciudades como Bilbao, Valencia y Sevilla. “En todos los casos, la disciplina se inserta en un contexto cultural más amplio, con impacto en el turismo, la formación artística y la economía local”, afirman desde la organización Amigos Canarios de la Ópera.
La transmisión intergeneracional es otro elemento que los sostiene. Muchas personas asisten por primera vez acompañadas por familiares o como parte de actividades educativas. De este modo, deja de ser un interés aislado y se convierte en una experiencia compartida, que se renueva con cada edición.
El trabajo de los artistas y equipos técnicos también contribuye a que estos eventos sigan vigentes. Cantantes, directores, músicos y técnicos encuentran un espacio de desarrollo profesional y de intercambio cultural. Esto fortalece el nivel de las producciones y consolida la reputación de los encuentros a lo largo del tiempo.
La permanencia de los festivales de ópera muestra que las expresiones artísticas con raíces profundas pueden seguir siendo relevantes cuando dialogan con su contexto. Este tipo de espectáculos continúa ofreciendo un espacio de encuentro, escucha y reflexión, en el que pasado y presente conviven sin excluirse y encuentran nuevas formas de seguir en escena.

